GALA DE CINE COLOMBIANO UN HOMENAJE A ROBERTO TRIANA


La película documental Los Emberá estrenada en 1984. Será proyectada en su versión restaurada, el jueves 12 de diciembre en la Cinemateca, con entrada libre.

El jueves 12 de diciembre a las 7:00 p.m. se llevará a cabo la segunda Gala al cine colombiano, un homenaje a la vida y obra del director Roberto Triana, con la proyección de una de sus más emblemáticas películas: Los emberá. El evento se realizará en la Cinemateca de Bogotá con ingreso libre reclamando boleta en taquilla, hasta completar aforo. Al finalizar se realizará un conversatorio entre Triana, Mauricio Pardo, Yondry Rojas y Priscila Padilla. 

La Gala es una iniciativa de la Cinemateca de Bogotá en asocio con Proimágenes Colombia y la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano, la primera edición de este evento destacó al director Sergio Cabrera y su icónica película La estrategia del caracol, que en 2018 cumplió 25 años de ser estrenada.  Así lo destacó el periódico El Tiempo, aliado del homenaje.  

“Es de vital importancia para el cine colombiano no solo preservar las películas de décadas atrás, sino mantener en la memoria colectiva a los grandes artistas que dieron inicio a la cinematografía del país y que se convirtieron en referentes para las siguientes generaciones.” Afirma Claudia Triana, directora de Proimágenes Colombia. 

El evento que se realizará este jueves 12 de diciembre inicia con la proyección restaurada de Los emberá, cinta que recrea la vida, los mitos y los rituales de esta comunidad del río Alto Baudó del departamento del Chocó. Y hace parte del proyecto de preservación y difusión del patrimonio audiovisual nacional que busca garantizar el acceso de los colombianos a grandes obras nacionales. 

Roberto Triana aporta al documental colombiano nuevos elementos de lenguaje: la cámara como interlocutora del documentado, quién ya no mira fuera de campo; la eliminación del narrador o voz en off; la intromisión en los sueños o vida onírica del personaje; secuencias de ficción como enriquecimiento del imaginario del efigiado; preferencia por los largos silencios, sin música, subrayando la soledad de ciertos espacios de la cotidianidad; gran respeto e imparcialidad ante hechos y gestos de quien se ocupa en el documental, etc., que han contribuido a hacer de este género un medio expresivo importante para entender y conocer la idiosincrasia colombiana. Pero su aporte fundamental ha sido y es el enriquecimiento de la memoria visual como patrimonio cultural de las generaciones venideras.  

   

Roberto Triana, nota del director 

A todos mis documentales les pongo un subtítulo. El de Luz Ángela rezaba “Secuencias para un filme sobre una poeta”. Era muy largo y sólo le dejé el de la exégesis del trabajo, es decir, “poeta”. 

También, en casi todos mis documentales doy campo a un sueño. Es importante recordar que todo personaje duerme o sueña, y en eso, se nos va la mitad de la vida. ¿Por qué, entonces, no darles cabida? La parte estrictamente soñada es escogida por el efigiado. El de Rojas Erazo que era un caballo impetuoso que irrumpía en una llanura. Hacía tanto ruido con su galope que todavía lo recuerdo. 

Cuando el personaje debe decir cosas no las debe decir sesgadamente a la cámara como dirigiéndose a un entrevistador al lado de ella, asunto que me parece irreal. Siempre en mis documentales la persona se dirige directamente a la cámara, considerándola su interlocutor(a). 

Prescindí hace mucho tiempo de un narrador o speaker como en la mayoría de muchos documentales que uno ve, para orientar o profundizar una acción o sencillamente llevar el hilo narrativo. En mi caso, no. Todo lo debe absolver la imagen o el protagonista. No dejar a la palabra tareas que son de la imagen. 

He observado que la puesta en escena no quita al documental su propio carácter. Por el contrario, lo enriquece y amplía, creando veracidad de espacio y tiempo, si se sigue, naturalmente, una simple estructura de gramática cinematográfica. Además, yo pienso que la mediación a través de la cámara, el documental es ya pura ficción. 

Amo el documental porque en él, voluntariamente o no, la memoria viene fijada, como una mariposa para el tiempo. 

Qué no daríamos por ver a Leonardo, aunque fuera por diez segundos, ¿muy triste asomarse a una ojiva del castillo de Blois?

La cotidianidad, en cualquiera de sus múltiples facetas, filmada, no solamente conserva sus valencias de significado y evocación, sino que, consignada en fotogramas, es importante por el sólo hecho de que en esos fotogramas está su existencia. 

Ahora aludo a mi pánico escénico. Es un trauma que no logro superar. Es extraño el pavor que me produce la multitud que me debe escuchar. Entro en una dimensión que yo solamente sufro y conozco. ¿Hubiera sido yo un buen político mirando sólo a través de la ranura de un telón?

 

Perfil del director

Siendo muy joven escribió una obra de teatro, momentos en los que casi nadie en el país escribía para las tablas. La obra se llamaba Opilión y trataba de un dictador que sucumbía en el banquete nupcial, como el arácnido, del cual derivaba su nombre. Los protagonistas, en aquel entonces muy famosos, fueron Mónica Silva y Fausto Cabrera. Calimitza y Opilión, respectivamente. Estos actores, con el director, Santiago García, acababan de fundar el legendario Teatro El Búho. 

Viaja a Francia. En París asiste a los cursos de cine etnográfico dictados por Jean Rouch, en la Cinemateca del museo del hombre. Luego va a Italia. Es admitido en el Centro Sperimentale di Cinematografía de Roma y estudia Dirección cinematográfica. Sus condiscípulos fueron Itzvan Gaal, Liliana Cavani, Bernardo Bertolucci, Pino Passalacqua. Sus maestros, Alessandro Blasseti, Roberto Rosellini, Giorgio Prosperi, María Rosada, quienes habían ayudado a crear el neorrealismo italiano. 

Gozando del C.S.C, es decir, en calidad de exalumno del Centro Sperimentale, por ley trabaja en muchas producciones del cine Italiano, desempeñándose como asistente de dirección, guionista y, luego, como realizador.

Entra a la RAI, a los servicios culturales en los programas de Anita Triantafilidou. Simultáneamente, trabaja con la revista Marcatre, cuyo consejo de redacción estaba formado por Umberto Eco, Gillo Dorfles, Edoardo Sanguinetti, Magdalo Musio, este último, su Director. Fue el órgano por excelencia del Grupo 63, tan importante para el desarrollo de la literatura y de las artes de Italia moderna, después del ventenio fascista.

En el año 71 la RAI decide hacer películas, que incorporará a sus programas televisivos. Entre sus cinco primeros films, en sentido absoluto, estaba Giovanna Sette, un proyecto de Roberto Triana con Vincenzo Cerami, guionista, quien ganó un Oscar por el film La vita é bella, dirigido por Roberto Benigni. Los otros films escogidos fueron dirigidos por Michelangelo Antonioni, Federico Fellini, Liliana Cavani y G. Nanni. 

Ese año, también, publica con el editor Lerici las fábulas en Italiano, de corte precolombino, titulado L´altro territorio. Más tarde, en el año 80, con el editor romano Rómulo Bulla, famoso por sus ediciones de arte, entre ellas las de André Masson y Giorgio De Chirico, publica Bestiario, también en italiano, poesías ilustradas por el pintor transvanguardista Sandro Chia.

Regresa a Colombia en 1973 con la intención de trabajar en el campo de la antropología cultural, más exactamente, realizando documentales sobre comunidades indígenas preservadas. De ahí en adelante filmará Madre tierra con los Cuna de Urabá; Sueño indígena con los Waunana del Chocó; Los hombres del Yagë con los Cofán del Putumayo. Más tarde, Los emberá, con la etnia emberá, y Doña Odilia y sus compas, con los Pijao del sur del Tolima. Algunos de estos documentales fueron producidos por FOCINE, que también le auspicia Efímero, un mediometraje de ficción.

A principios de los 90 empieza a colaborar directamente con el departamento de producción de Colcultura, más tarde Ministerio de Cultura. Para esta institución dirige 38 documentales, sobre la memoria artística del país, en un proyecto que llamó El arte colombiano a través de sus autores, iniciado a finales de los años 80.

Entre los premios recibidos, aprecia sobremanera el Premio Jorge Silva, otorgado a Los emberá, en 1987. En el año 2001 y 2005, la Cinemateca Distrital de Bogotá, organizó sendas retrospectivas, muy completas, de su obra. 


FUENTE : CINEMATECA