CARLOS DÍAZ O EL CULTO AL VINILO


Por: Javier Barrero
lemuroculto@yahoo.es


“Duro de figura, todo en él es energía, héroe temerario o gato de siete vidas…” con esa contundente frase Barón Rojo inicia uno de sus tanto himnos. Cualquier parecido a la realidad de Carlos Díaz, no es coincidencia.
Trasegar por el mundo del rock sin esperar nada más que una satisfacción interna por estar y ser lo que se quiere ser, esa podría ser una de las premisas de este personaje que ha dedicado bastante de su vida a escuchar música y sobre todo, a sentirla.
Todo comenzó para él cuando llegó a su casa un personaje que alquiló una habitación, traía entre sus cosas un poderoso arsenal de acetatos de puro Rock. La cosa cambió. El enigmático ser colocaba en el tocadiscos vinilos de Rolling Stones, Sweet, entre otros, el joven Carlos, por esa época tenía 13 años, alucinaba al escuchar las notas salidas de las guitarras de, hasta ese momento, seres ajenos a él. La empatía con el inquilino fue inmediata y nuestro invitado entró a un mundo del cual no se ha salido, ni quiere hacerlo: El poderoso universo del Rock.

 

 

Ya con cierta autoridad, esa que le da a uno escuchar un par de discos, sale a la calle en busca de más Rock, se encuentra con un sitio particular: calle 32 con cra 7, según él, la primera calle de los hippies legalizada en Bogotá. Allí confluían músicos, artistas, escritores, en fin, todo el que tuviera algo que hacer o decir sobre el arte, en cualquiera de sus expresiones.
Esta calle fue clausurada por las autoridades al parecer porque uno de sus visitantes frecuentes murió por causas no muy precisas. Por esa época nos visitó uno de los grandes guitarristas de la historia: el mexicano Carlos Santana. La alegría para los miles de seguidores del músico contagió a Carlos Díaz, sin embargo, por  ser menor de edad no pudo entrar. Aún hoy lamenta eso.
Entre amigos y música transcurrió la juventud de este bogotano, al notar que el gusto por la melodía superaba cualquier otro, se dedicó a comprar acetatos. 16 años tenía en ese momento. Cuenta el melómano que fue en el Teatro Americano donde se hicieron los primeros toques de Rock en Bogotá. Circulaba de manera informal y casi clandestina un boletín con el sugestivo nombre de Semana Santa Musical, en él se podía ver la programación de conciertos.
También dice que fue en la calle 30, arriba de la séptima, en donde se establecieron los primeros tertuliaderos de Rock, él los impulsó, sólo que exigía para hacer parte de ellos, que contase con presencia femenina. Sobra decir que estas charlas terminaban con mucho trago y buena música.
La cosa estaba creciendo. El Rock, además de un género musical, se convirtió en comercio, llegaron las casetas de la calle 19, allí se negociaba con toda clase de elementos relacionados con el género, Carlos iba con regularidad, siempre que su empleo de mensajero se lo permitiera. Ahorraba cada peso para comprar discos. Esa era su razón de ser. Atrás quedaron los sueños de ser profesional, invirtió un tiempo en estudiar comercio internacional “Cuando valía la pena estudiar”, afirma con cierta nostalgia.
Llegó a tener su propia caseta, aunque en la última etapa de estas, ya la 19 exigía otro tipo de comercio, más estable, más ‘serio’.
El joven Díaz contaba con una colección grande de discos, el círculo cerrado de comerciantes del Rock ya lo conocía, sin embargo, no quiso seguir con ese negocio. Prefirió seguir en la cacería de lps por su cuenta, sobre todo de joyas. Esa cacería rindió frutos, tiene demasiadas joyas.
Ya los 90’s imponían otra dinámica, la era digital, todo pasó a reducirse en un pequeño círculo de pasta que llegó de muy lejos y que acabó con la magia de los acetatos: el cd. Para muchos significó la brecha generacional que prefirieron no cruzar. Carlos fue uno de ellos. A pesar de eso, continuó en la lucha.

 


 

Decidió montar un bar, “Un verdadero bar”, dice enérgicamente, verdadero porque tenía que poner la música, cambiar las canciones, no programarlas como sucede hoy día. Orgasmatron, Caracas con 32. Buen bar. Buenos recuerdos. Buena música. Y, sobre todo, manejado por alguien que sabía lo que estaba poniendo. Para inaugurarlo, el 16 de septiembre de 1996, organizó un concierto con Neurosis. Cuatro años duró el escampadero. “Hasta que llegó el Transmilenio”, recuerda con rabia.
Con la firme idea de seguir en la lucha por un espacio para el Rock, montó Rockopedia, en la 59 con 9, un bar en el que se escuchaba y se aprendía. Infortunadamente la intolerancia de unos pocos pudo más que las ganas y un par de años después, el sitio fue cerrado.
Hoy en día se precia de tener una gran colección de lps, seis mil, según sus cuentas.
Al preguntarle sobre sus bandas preferidas, dubita, no es para menos, escoger entre tantas grandes bandas es una tarea sumamente complicada, finalmente se decide por dos: Black Sabbath y Judas Priest. Acertadísima elección.
Al hablar de la música contemporánea no esconde su disgusto, considera que el Rock y el Metal que practican muchas bandas nuevas bien parece una mezcla de arequipe y salchichón. Curiosa pero válida analogía.
Si de algo se precia, además de su colección de acetatos, es de ser un rockero hasta el tuétano. Lo es. ¿Edad? ¿Qué importa? Sólo importa el corazón, el alma plena, plena por el Rock. 1960, dice que es el año en que nació.
En todo gran concierto está. “Nómada integral, amante de la independencia…” otro aparte del himno de Barón Rojo. ¿Cuál de todos? “Rockero Indomable”. ¿Algo más para decir? No sé, no creo.