EL GLADIADOR ESPARTACO DE TRACIA


Por: Aula de Latín. Envio especial para El Fortín del Caballero Negro.

Espartaco es un esclavo de origen Tracio, condenado en unas canteras. Un entrenador de gladiadores lo compra entre un lote destinado a la escuela de Capua. Allí, se le entrena con sus compañeros: Aprende a atacar, defenderse y morir con la eficacia y espectacularidad que Roma espera de él. También hace algunas amistades y se enamora, hechos naturales en la vida de un ser libre, que en la esclavitud se convierten en torturas, en cuanto los que pueden ser sus amigos han de ser su víctima o su verdugo y los esclavos se aparean pero no aman. M.L. Craso, su esposa y sus cuñados, visitan la escuela y pagan un buen espectáculo. Espartaco es vencido por un reciario que, no obstante, se niega a matarlo y, en un acto de libre albedrío, prefiere morir en rebeldía que matar por obediencia. Esto y la pérdida de la mujer que ama, a quien Craso se ha llevado, actúa como revulsivo. Su ira es seguida por sus compañeros hasta el punto de convertirse en u tropel autoliberandor. En sus correrías por Italia el ejército de gladiadores irá aumentando con los esclavos que se les unen en cada pueblo conquistado y derrotarán en varias ocasiones a los romanos. Entretanto, las disensiones que ya existían en el Senado convierten la rebelión en un objetivo a manipular, el enemigo que confirmará el poder de quien lo venza. Tras un pulso entre aristócratas y populares, el Senado optará finalmente, por dotar a Craso de poderes dictatoriales y enviar contra Espartaco la casi totalidad del ejército. Espartaco no logrará abandonar el territorio de Italia. Su ejército será vencido y los supervivientes crucificados.

ESPARTACO EN EL CINE

La primera versión cinematográfica Spartaco o il gladiatore della Tracia se la debemos al italiano Pasquali en 1912. Poco sabemos de esta obra, excepto que debió ser una más, aunque de considerable éxito, entre la serie de películas que convirtieron a la Italia de la preguerra en campeona indiscutible de la superproducción. En pleno renacimiento del peplum, Ricardo Freda rueda una nueva realización del mismo título. Se trataba de una película modesta, con indudables influencias de Fabiola en las escenas de circo, y sus pretensiones parecían dirigirse más a un plano intelectual que espectacular. Ricardo Freda no supo mantener bien el equilibrio y cayó en varias ocasiones en el melodrama, pero Spartaco, il gladiatore della Tracia (1952) rodada en plena época del peplum místico presentaba la originalidad que fundamentaba el mito, de sustituir el objeto místico por el social, porque el tema de la libertad tiene un atractivo irresistible para las masas; y el cine es un arte para las masas. Sustituido únicamente, decíamos, el motivo místico por el político, se mostraba lo mismo de siempre, y es seguramente lo que el público vio: torturas, juegos de circo, batallas, amores trágicos y nada más. En los doloridos diálogos de Espartaco no se distinguieron las innovaciones sociales. El público estaba acostumbrado a las persecuciones y vio persecuciones. Lo que se perdió entre los desgarrados diálogos fue la carga de denuncia a la desigualdad social, la incomprensión política y la defensa de la dignidad humana, porque vista hoy día, el Spartaco de Freda no sólo no es un soporífero melodrama sino una película tímidamente revolucionaria que halló un público despreocupado y que no supo captar lo que se le ofrecía.

Por fin el Spartacus (1960) de Stanley Kubrick recoge el mito olvidado y lo hace llegar a los últimos rincones a golpes de cinemascope, color y repartos espectaculares. Es sin duda lo mejor del ciclo y también una de las mejores películas de tema clásico que se haya rodado, sólo comparable, seguramente, a La caída del Imperio Romano (1964) de Anthony Mann. Si la confirmación de un mito está en las historias adicionales que se le van atribuyendo, obsérvese la proliferación de películas de serie sobre el tema, desde los desesperantes mitos inventados por los productores incompetentes, como Il figlio di Spartacus (1962), hasta La vendetta di Spartacus (9164) y Spartacus e i dieci gladiatori (1964). Estas combinan definitivamente el mito sociopolítico de Espartaco con el del héroe, en las series de gladiadores, que devienen revolucionarios impenitentes; películas-tebeo a que también hacemos alusión en las páginas dedicadas al margen de lo agresivo. Espartaco es una película escéptica, curiosamente una de las filosofías mejor aceptadas por el carácter romano. Nadie consigue lo que se propone. Graco pierde el poder, Craso a Varinia y Antonino, Varinia a Espartaco, los piratas la recompensa, los esclavos sólo su pobre vida (una liberación después de todo), y el pueblo romano, el gran ausente de la película, simplemente no pinta nada. iQué gran verdad histórica! La narrativa de Espartaco es lenta, morosa en ocasiones, basada en una múltiple combinación de contrastes. Así la vida de los esclavos, su rebelión, sus logros y el paso del tiempo se da en largos planos casi exentos de voz, sólo subrayados por una espléndida banda sonora; mientras que el ambiente político y la vida romana son densos diálogos preñados de sentencias sobre el estado de la cosa pública que condicionará la feroz respuesta del poder a la impertinencia de los rebeldes. Retratos y claro oscuro ambiental en la vida servil contrastan, por un lado con los ostentosos palacios patricios, por otro con los espacios libres que la libertad otorga. El estatismo cíclico de la esclavitud -entreno, comida, celda, apareamiento a veces, entreno, comida, celda,...- deja paso al cambio constante de paisaje y estaciones. A destacar el mismo sistema narrativo en la vida de los seres libres: casa, senado, termas, casa, senado. La prisión para ellos es grande y lujosa, pero tampoco parecen libres. De hecho son peones y sus jugadas vienen obligadas por las del adversario. Tal vez, también son prisioneros de su historia.

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